Si no viste el vídeo de @barbarabulnes__ en TikTok hablando de que leer Cumbres borrascosas le estaba resultando más difícil de lo que esperaba, ya no lo encontrarás en su perfil. Puede que en otros, a modo de respuesta o crítica, pero ella lo terminó borrando. Y no me extraña nada, después de ver cómo hizo bola de nieve.
Como pasa con este tipo de temas polémicos, las reacciones llegaron por oleadas: miles de visualizaciones, hilos en RRSS, opiniones de profesores, intelectuales, lectores… muchas críticas y, sobre todo, muchas presunciones sobre un vídeo etiquetado como #humor.
Porque lo que empezó como una anécdota personal de esta chica se convirtió rápidamente en un juicio colectivo centrado en su vocabulario, sus hábitos, sus gustos, su actitud. Se habló de «apología de la ignorancia», de «bajada de nivel», de «generación perdida».
Se la señaló como síntoma y, al mismo tiempo, como culpable.
He estado bastante tiempo dándole vueltas y cuanto más pienso, más clara tengo una cosa: la chica del vídeo no es el problema. Es la pantalla donde hemos proyectado dudas, inquietudes y miedos sobre la cultura, la educación y el futuro.
Por eso quiero escribir este artículo. No como experta de nada, solo como alguien que habita la literatura desde varios lugares: el de lectora que busca en los libros refugio; el de escritora que intenta poner palabras a lo que siente y el de editora que observa desde dentro las dinámicas de una industria que, como todas, tiene luces y sombras.
Quiero hablar de lo que esta polémica ha destapado. Pero, sobre todo, quiero hacerlo sin convertir a nadie en diana. Porque si algo hemos perdido en estos días de linchamiento virtual es la capacidad de mirar el bosque entero, con todas sus complejidades.
La escuela no puede con todo
Algo que me llamó la atención especialmente fue el mensaje que llegaba desde las aulas. Profesoras y profesores hablaban de dos cosas:
- Cómo ven que cada curso se va empobreciendo más el vocabulario de sus alumnos y palabras que para ellos eran «normales de cultura general» hoy en día provocan extrañeza.
- Cómo la comprensión lectora se ha ido quedando en la superficie, incapaz de ir más allá del significado literal.
Son los que observan de forma más directa el fenómeno: se están sustituyendo los libros por pantallas. Y estas últimas están diseñadas para captar la atención en fragmentos de segundos. ¿Qué conlleva este cambio? La pérdida de eso que antes se adquiría casi sin darnos cuenta: un repertorio compartido de palabras, referencias y estructuras.
Cada «juventud» es producto de un entorno que no han elegido. No han decidido que la inversión en educación (pública) se haya reducido, que las políticas culturales hayan ido desmantelando bibliotecas y programas de fomento lector.
Y, por supuesto, no han creado las plataformas digitales cuyo modelo de negocio es fragmentar la atención y premiar lo inmediato.
Juzgarlos individualmente por no tener las herramientas que ese entorno no les ha dado es, además de injusto, una forma de eludir la pregunta incómoda:
¿Qué hemos hecho como sociedad para que esto ocurra?
Porque lo que dicen los profesores es cierto, pero incompleto. Necesitamos mirada más amplia que incluya a quienes toman las decisiones sobre lo que se lee, lo que se publica y lo que se enseña. Bueno, y cómo se invierte en ello, claro.
@barbarabulnes__ ¡Mama que salgo en la tele!🤭 #polemica #cumbres #libro #television #noticias ♬ sonido original – barbarabulnes__
El mercado editorial (y la simplificación)
Hay un punto incómodo que no se quiere nombrar (por lo que sea). Si hay un responsable de las personas lleguen a la edad adulta con un bagaje lector construido sobre palabras y tramas cada vez más simples, no es una chica con un vídeo viral. Es una industria multimillonaria que ha detectado un nicho de mercado y lo está explotando (hasta que explotemos nosotros).
Lo que ha ocurrido con la literatura (y más con la juvenil y new adult) en los últimos años no es un accidente ni una deriva espontánea del gusto popular. Es el resultado de una estrategia de negocio. Las editoriales decidieron que el público de personas con poco hábito lector (incipiente) y pocos conocimientos literarios (se tienen que desarrollar) tenía ganas de historias que les hablaran de temas que les interesaban. Y decidieron alimentar ese nicho con un producto diseñado a medida:
- Capítulos ultracortos: no requieren concentración sostenida.
- Tramas simples y predecibles: satisfacen sin exigir elaboración mental.
- Lenguaje básico: no obliga a consultar un diccionario.
- Alta densidad de spicy: porque el morbo vende (mucho).
Ninguna de estas características es mala per se. El problema es cuando se convierten en el único modelo disponible para la población lectora joven. En lugar de ofrecer un catálogo variado que nos permita crecer como lectores, apuestan sistemáticamente por el mínimo porque es lo más rentable.
Ahora voy a descargar peso de los hombros de los escritores y las escritoras, que tampoco son responsables únicos de esta deriva. Se les acusa de falta de ambición, mercantilismo, escribir con el piloto automático.
Pero no escribimos en el vacío.
Si quieren ser publicados por editoriales, son ellas las que les marcan pautas: exigen determinadas extensiones, ritmos y contenidos. Si un escritor quiere vivir de ello, tiene que adaptarse a lo que el mercado demanda.
El talento no ha desaparecido. Lo que han desaparecido son los espacios donde podía desarrollarse sin atender constantemente a lo económico.
Las editoriales independientes solían ser el refugio de las propuestas más arriesgadas. Ahora sobreviven a pesar de las dificultades: el catálogo sobresaturado y las cientos de novedades mensuales que lanzan las grandes. Con más distribución, más marketing y más margen. El resultado es un ecosistema literario empobrecido: mucha oferta, sí, pero cada vez más homogénea.
Lo peor: el modelo retroalimenta el problema. Las editoriales publican libros sencillos porque hay un público con poca formación lectora. Ese público consume esos libros y no desarrolla sus habilidades y conocimientos. Eso provoca que acaben siendo esclavos de ese tipo de libros. Porque el problema no es leerlos, no tiene nada de malo, sino que se convierta en un obstáculo que el mercado aproveche. El círculo no se rompe porque no hay interés.
¿Por qué, en toda esta polémica, apenas se ha señalado a las editoriales?
Las razones son múltiples: son grandes corporaciones, tienen mucho poder mediático, la crítica cultural tradicional ha perdido peso, es más fácil señalar a una persona que a una estructura. Y nadie quiere enemigos poderosos.
Pero el resultado es que el verdadero responsable ha permanecido invisible, mientras la chica del vídeo recibía todo el hate.
Una mirada desde la comunidad
Lo que más me duele de esta polémica es la falta de mirada compasiva. La facilidad con la que nos situamos en el lado «correcto» de la línea y señalamos a quienes están en el contrario.
Nosotros, la comunidad lectora, también tenemos nuestra responsabilidad. Hemos dejado que el mercado decida lo que se lee y lo que no. Nos han dicho un montón de mentiras que nos hemos ido tragando (a veces obligadas, a veces por desconocimiento). Han ido lanzándonos tendencias a la cara, añadiendo cada vez más cosas que no necesitamos (ediciones especiales superplus de sagas desde la primera entrega) y subiendo los precios excusándose en ellas.
Las lectoras y lectores seguimos queriendo:
- Buenas historias.
- Bien editadas.
- Corregidas con mimo.
- En diferentes formatos (en digital, no con cantos pintados).
- A precios razonables.
- Que traten temas con cuidado.
La buena noticia es que se puede cambiar. La chica del vídeo dijo que estaba leyendo Cumbres borrascosas aunque le costara. Que lo estaba intentando. Eso, en lugar de ser motivo de burla, debería ser motivo de celebración y de acompañamiento. Porque todos hemos empezado alguna vez por algún sitio. Todos hemos tenido nuestro primer clásico, nuestra primera palabra que no entendíamos, nuestra primera frustración lectora.
La diferencia es que a algunos nos tendieron un puente.
Otros se quedaron en la orilla.
Más allá de Cumbres borrascosas
No se trata de dejar de lado la exigencia ni de renunciar a la defensa de una cultura rica y compleja. Se trata de entender que la exigencia sin acompañamiento es elitismo, y que la defensa de la cultura no puede consistir en custodiar sus puertas, sino en ensancharlas para que quepamos todos. Tal vez de eso se trate, al final, esto de la comunidad lectora.
Porque al final, la literatura no es un campo de batalla donde unos ganan y otros pierden. Es un territorio compartido, una conversación que empezó mucho antes de que nosotros llegáramos y que seguirá mucho después de que nos vayamos. Y en esa conversación, todo el mundo debería tener derecho a participar.